Uno de sus biógrafos más exhaustivos, hace unos doce años, añadía una nota sobre ciertos detalles que pulían su obra, para una segunda edición, pues se acercaba el centenario del natalicio del escritor y militante, y señala el hecho innegable de que las reflexiones vertidas en los múltiples registros abarcados por José Revueltas siguen suscitando la atención de un arco amplio de nuevas miradas; así lo testimonia:
[…] aparecieron nuevos lectores, estudiantes, investigadores, académicos de México y otros países […] Revueltas los seduce y entusiasma […] Lo redescubren […] los ayuda a pensar, a soportar, a entender un poco más certeramente el mundo global, paradójico y canalla que les ha tocado vivir (Ruíz Abreu, 2014, p. 15).
De forma coincidente, poco más de una década atrás de la conmemoración del centenario de su natalicio, en el propio comienzo de este milenio, con motivo de la reedición ampliada del valioso volumen de las Conversaciones con José Revueltas, sus nuevos editores, que fueron los mismos (Andrea Revueltas y Philippe Cheron) que compilaron el extenso material, en 26 tomos, de las Obras completas, para la editorial Era, a fines de los años ochenta, extraían un pulso de situación, una cierta sensación sobre qué tanto podría nuestro personaje iluminarnos sobre la actualidad, y no dudan en señalar que, con esos materiales, se podrían “inferir ciertas respuestas posibles” (Revueltas-Cheron, 2001, p. 10), que se ampliarían, creemos, y esa es nuestra convicción, desde su ensayística, y desde su literatura, tan cargada de reflexión filosófica y existencial.
Por tal razón, en las páginas que siguen, apuntaremos algunas reflexiones sobre ciertos ejes fundamentales a través de los cuales es posible establecer una interlocución con alguna parte del extenso corpus revueltiano del que es legítimo extraer orientación u argumentación con respecto a problemas del presente y para animar también la lectura desde preguntas, cuestionamientos, tentativas o intenciones, que se le puedan establecer por y para las nuevas generaciones; justamente aquellas que ahora le conocerían y no están exentas de pensar que se trate de un autor de un tiempo pretérito, y que no pueden, entonces, ser persuadidas de conocerle al viejo modo de cómo le hemos conocido e interrogado aquellos que hemos nacido mientras él se mantuvo con vida.
Conforme se adentra uno en los distintos espejos que conforman el caleidoscopio construido y legado por Revueltas, se va adquiriendo conciencia de la enorme cantidad de estudios que ha suscitado en el tiempo más reciente, cosa que contrasta enormemente con aquella percepción de haber sido, en su tiempo, un autor (se decía) de accidentada recepción o de pocos lectores, y en el caso de su obra política y de las polémicas que no tenía empacho en suscitar, asumiendo firmes posiciones pero que le orillaban a actitudes marginales, o con proclividad, como decía un clásico de la sociología latinoamericana, a conformar “una minoría de uno” (Aníbal Quijano dixit) (Degregori-Reyna, 2000, p. 6).
Por ello resultará siempre para el no iniciado, y menos experto, un agradable atrevimiento sumar sus cautelosas opiniones ante un corpus dinámico, vivo y creciente (todavía se da por ahí algún redescubrimiento de textos inexplorados o recuperados), al que se suma todo un cúmulo de escritura secundaria, derivada de la apuesta revueltiana. En la medida en que avanzó la escritura de este trabajo se iba progresivamente revelando como extenso, inquieto y casi inmanejable ese archivo en movimiento, complejo y vertido en múltiples registros y nada obediente de los parámetros disciplinarios, ya no daba ninguna sorpresa acceder a textos nuevos, y con preguntas de lectura también inusitadas. Y se fue llegando la hora de expresarse al respecto.
José Revueltas, esa especie de ‘raro apóstol de las luchas revolucionarias’3
En el texto que constituye la semblanza que redactó a propósito de su hermano, el músico Silvestre Revueltas, se compara al mayor de esa familia, en el momento de ejecución de su arte, como un terremoto, un relámpago, una tempestad. Esas palabras pueden funcionar como una autodescripción de José Revueltas mismo. Siempre se ha destacado, para comenzar, su formación autodidacta, la que arrancó con su decidido abandono de las clases en el nivel educativo secundario, al parecer no aguantó ahí ni un año; el nivel primario lo cumplió con su temprana inscripción en el prestigioso Colegio Alemán (al parecer, duró ahí apenas hasta el cuarto año), y luego lo cambiaron a una escuela pública, por el rumbo del centro, cerca del negocio del padre. Era el inicial gesto de insumisión, pues ya sentía, siendo tan pequeño, que la escuela le distraía o alejaba de las cosas importantes y las que verdaderamente ameritan ser conocidas, no en un sentido libresco sino en cuanto experiencias vivenciales. Contando con hermanos que, en su terreno y trinchera, coronarían sus creaciones con genuinos actos de rebeldía, no podría esperarse menos de él; por ejemplo, suele señalarse que Fermín Revueltas tenía una pintura que era famosa además por razones “extrapictóricas” (Charlot, 1985, p. 191), una naturaleza muerta, representando comestibles, que colgaba de un muro en el Café de Nadie (en su momento, sitio de reunión en la capital, de los estridentistas), que incluía el menú en un solo renglón, “mierda para los burgueses” (Rashkin, 2014, p. 132); de Silvestre, en la semblanza misma, se lo retrata con su tono sardónico en la crítica, su afilada ironía, que hacía extensiva hasta para sus coetáneos, esos engreídos, que no habrían entendido nada al titular él a una de sus composiciones sinfónicas “Música para charlar” (1938). De tal manera que, con ese tipo de gestos de abandonar la escuela y buscar la autoinstrucción acudiendo por cuenta propia a la biblioteca pública más cercana (que sería la Biblioteca Nacional de México, la que en ese momento se situaría en el templo de San Agustín), José Revueltas comenzaba muy pronto a acompañar, emular, o hasta adelantar, el tipo de actos de sus hermanos. Más adelante dirá, “aprendí por la libre, completamente” (Revueltas, OR, 7, p. 573). Aún antes de abandonar la escuela y aventurarse en el autodidactismo, el todavía niño José Revueltas, en una caminata en que acompañó a la señora que ayudaba en la casa con las labores domésticas (hacia una cita de amor), opera otra línea de fuga que abre su mente hacia todo un mundo que le era desconocido. El Colegio Alemán, al que asistía, daba, por un lado, hacia una zona de sector pudiente, sitio que aún hoy se conoce como “la Romita”, pero del otro lado daba hacia una zona del México de abajo, del pueblo de menos recursos, de vida no tan cómoda, de los bajos fondos, era un lado que infundirá vida, más adelante, a sus universos literarios y al suelo desde el que intenta forjar la alternativa política.
En esa época tan temprana, y por los sucesos que ya hemos señalado, comenzando por la pérdida del padre, la familia se precipitaría “hasta llegar al extremo máximo de la precariedad” (Revueltas, 7, p. 571). En el seno familiar no se fomentaba “una actitud antirreligiosa, sino anticlerical” (Ibid.). Por todo ese conjunto de razones, nuestro autor contaba su paso pendular de un extremo a otro, pues, “de los nueve a los once años fui muy religioso y tuve una crisis espiritual grave, muy seria, muy intensa: al extremo de … que empecé a buscar a Dios en todas las religiones” (Saínz, 1977, p. 15), y en tono más meditativo en su autobiografía, informa: “como buen autodidacta estudié … la historia de las religiones para cerciorarme si el ateísmo tenía razón; concluí que no existía Dios” (Revueltas, OR, 7, p. 572). Así, a mediados de los veinte dejó la escuela, con 11 años, a los 13, su madre lo impulsa a emplearse (entre otros lados, en una ferretería), haciendo mandados u otros oficios; fue muy natural que a sus 14 o 15 años estuviera involucrado en actividades relacionadas con las juventudes comunistas y del Socorro Rojo Internacional, con los que simpatizaba; más temprano que tarde se encuentra vinculado al Partido Comunista Mexicano, y cómo no iba a hacerlo si además el local del partido le quedaba muy de paso (si no lo hizo antes, afiliarse, fue por temor a que lo rechazaran o hasta que se burlaran de él, por intentarlo siendo tan chamaco). Hay que dimensionar estas cuestiones situándolas entre varias fuerzas orientadoras de su preferencia: a nivel más íntimo e inmediato, la propensión por abrazar las causas de los comunistas y, en el marco nacional, los eventos fundantes del estallido religioso cristero (1926), clara expresión de los sectores más conservadores y reaccionarios, con especial virulencia en la zona del Bajío, en el occidente y centro de México, y del que llegaría noticia hasta el centro del país, sede de los poderes nacionales. Por otro lado, entre esas dos expresiones políticas, cada una jalonando hacia una expresión más radicalizada del proceso que se ha vivido en México con el comienzo del siglo XX (de pretensiones revolucionarias o reaccionarias, respectivamente), despunta la agrupación de todo un bloque que lleva su propia puja por institucionalizar o, en el mejor de los casos, operar la construcción de instituciones que sinteticen el nuevo pacto posrevolucionario y edifiquen un nuevo Estado, que será una versión suavizada o paulatina de operar el termidor de la revolución mexicana de 1910-1917.
En una de aquellas experiencias de activismo juvenil, luego de un mitin en el Zócalo capitalino (donde se quiso izar una bandera roja), será detenido y llevado a su primer confinamiento carcelario, en la correccional de menores, cerraba el año de 1929 (seis meses después será puesto en libertad),4 comenzaba también la etapa de proscripción y clandestinidad (que duró, en este período hasta 1935) del Partido Comunista Mexicano (PCM): eran años del Maximato. En agosto de 1930 se afilió al PCM, en esa especie de compromiso emocional temprano, con sus quince años, cuando era apenas un joven adolescente irreverente y voluntarioso (que quizás creía que el mundo había encontrado una ventana histórica en que podía cambiarse de raíz), con el que inició su ciclo intermitente de reforzamientos, nueva militancia y desavenencias, con los sectores dirigentes, pero de hermanamiento profundo con el militante común. En 1932 será de nueva cuenta detenido por repartir panfletos y propaganda del partido, y procesado en el penal de las Islas Marías (por no ser aún mayor de edad, será liberado luego de cuatro meses de reclusión). Después, en 1934, por su trabajo político como comisionado (por los comunistas) para desarrollar activismo e impulsar una huelga campesina en la zona norte del país,5 será de nueva cuenta apresado y trasladado a las Islas Marías, donde permaneció detenido por nueve meses, entre mayo de 1934 y febrero de 1935. De ese duro período combinado de reclusión derivó la sustancia e hilo narrativo de su primera novela, Los muros de agua (1941), pero también esa furia contra la injusticia y el tanteo de aspectos que iluminen el camino hacia un mundo mejor, que constituyen el material reflexivo de sus primeros trabajos ensayísticos y políticos,6 que le valdrán para ser considerado (en su carácter de secretario de organización de la Federación Juvenil Comunista, a sus escasos 21 años) dentro de la delegación mexicana que asiste al VI Congreso de la Internacional Juvenil Comunista (de septiembre a octubre de 1935), en el marco del VII —y a la postre último— Congreso de la Internacional Comunista, en la Unión Soviética (25/07 al 20/08 de 1935). En ese viaje, de unos 5 meses, llega a ver, a lo lejos, a Stalin, y en un autobús contempla la concentración en la lectura de Palmiro Togliatti, el gran líder del Partido Comunista Italiano, en momentos en que Gramsci estaba en los calabozos. Regresará de ahí lleno de un gran entusiasmo hacia la juventud, pero también con una sensación quizás ambivalente pues, por un lado, sería difícil no quedar atrapado dentro de la órbita del liderazgo stalinista pero, por otro lado, ya con el proceso de persecución iniciado, a su vuelta a México este campo de visión ampliado le permitirá estar bien informado y al tanto de otras posiciones, en las orillas o márgenes del PCM o francamente de otras tendencias que también están o estarán llegando hacia México (Trotsky desembarcó en Tampico, el nueve de enero de 1937, y otros intelectuales alemanes asociados al consejismo, como el matrimonio de Alice Rühle-Gerstel y Otto Rühle, estuvieron desde 1936 —1935, en el caso de Otto— y hasta 1943; el escritor que fue conocido como B. Traven, aunque quizá entraba y salía, estaba en México desde fines de los años veinte y durante los años treinta); en tercer lugar, estas cuestiones abren su campo de preguntas para avanzar hacia una caracterización del proceso político en México. Ahí se abriría, creemos, otro momento reflexivo temprano, expresado en un segundo bloque de ensayos histórico-políticos, de 1938 en adelante,7 a la luz de las discusiones sobre los dilemas de la línea dura del PCM ante el cardenismo y la caracterización de la revolución mexicana.
La escritura de Revueltas, con el comienzo de los años cuarenta no solo vivía un momento de explosión creativa, ya hemos señalado los dos títulos más importantes publicados a inicios de los años cuarenta, por el segundo de los cuales, El luto humano (1943), obtuvo un premio promovido por la Unión Panamericana de Washington y el impulso desde la editorial neoyorquina Farrar & Rinehart (por lo que esa obra sigue siendo la que de Revueltas más traducciones tiene a otros idiomas), y por extensión el Premio Nacional de Literatura (reconocimientos de los que, sin embargo, poco o nada obtuvo en monetario). La obra, sin embargo, que, a decir de uno de sus mayores estudiosos, desde la crítica literaria, emprendió “una crítica no consciente del stalinismo” (Rabadán, 1985), disgustó a la cúpula dirigente, al punto de decidir su expulsión de las filas de su partido. Dice David Huerta, en el prólogo al volumen compilatorio de Poesía completa de su padre: “Efraín Huerta … [en 1943] …, ha salido, junto con otros escritores y periodistas —entre los que se contaban Enrique Ramírez y Ramírez, José Alvarado, Rodolfo Dorantes y José Revueltas, todos ellos miembros de la célula ‘José Carlos Mariátegui’, llamada así en homenaje latinoamericanista al pensador del Perú— del Partido Comunista Mexicano, expulsados por la dirección encabezada por Dionisio Encina” (Huerta, 1988, p. VII). Con el obligado distanciamiento del partido, por otro lado, se abría la posibilidad de no quedar plegados a cierto dogmatismo en las ideas, y de orientarse más allá de pragmatismos o esquematismos, con el fin de impulsar en política la conformación de otros frentes y de conducir la reflexión y la interlocución con otras fuerzas políticas, tanto en el plano nacional como con relación a los problemas internacionales.
El México de la mitad del siglo y la discusión sobre “lo mexicano”
En la Constitución de 1917 lo más avanzado del proyecto revolucionario se estructuró alrededor de los 4 artículos fundamentales del nuevo pacto (3º, 27, 123 y 130); y en el tránsito de los treinta a mediados de los años cuarenta lo que sobrevivía de esas batallas se daba en la conexión de las cuestiones agraria y educativa, y eso quizás se expresó en un dilema político que confrontó al esquema histórico del propio cardenismo: quizá no pudo continuar ese proyecto bajo la gestión del general Francisco J. Múgica, pero se sostuvo el reparto agrario y el programa de la educación socialista, con la creación de algunas instituciones asociadas. En conclusión, para ciertas personalidades, hombres y mujeres de lo mejor que ha dado México, de lo que se trataba era de combatir por aquello que la revolución representaba o inspiraba y que ya se preveía con Ávila Camacho, y se certificó con Miguel Alemán, conducían el país hacia una reversión definitiva. Ya desde fines del siglo XIX, con la generación de los liberales radicales, ocurrió que a algunas de esas mentes tan brillantes se les comisionó a cumplir labores diplomáticas en el exterior, fue el caso, por ejemplo, con Ignacio Manuel Altamirano. Ese fenómeno se repitió con algunos personajes que nacieron en el cierre del siglo XIX, y que les tocó vivir de lleno la revolución mexicana, fue el caso, por ejemplo, de Moisés Sáenz (1888-1941), o Narciso Bassols (1897-1959). El primero de los cuales falleció incluso en Lima, y contemporáneo de Mariátegui también hizo escritos sobre el indio en Perú y en Ecuador, y cuya primera edición de su México Íntegro contó con una carátula elaborada por José Sabogal (el alma estética de Amauta). Sáenz y Bassols también tienen por coincidencia el haber enarbolado ejemplares proyectos educativos, como es el caso, para el primero, de la fundación del Sistema de Enseñanza Secundaria o la iniciativa de educación indígena en Carapán, Michoacán; para el segundo, en tanto jurista, le tocó en responsabilidad elaborar la Ley Agraria de 1927, y luego fue titular de la Secretaría de Educación Pública (SEP), de 1931 a 1934, y de Hacienda y Crédito Público, de 1934 a 1935. Durante su breve período como director de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, de la Universidad Nacional, desprende de ahí y crea la Escuela Nacional de Economía (1929), y como encargado de la SEP impulsó la creación del Instituto Politécnico Nacional, que se consuma en 1936.
Agreguemos algo más de Narciso Bassols, quien, a su regreso a México, en 1937, junto a su esposa crearon la Editorial Revolucionaria, desde la que editaron unos cuantos libros de crítica al fascismo internacional, y sobre cuestiones económicas útiles para una caracterización del capitalismo de aquella época. Permítasenos añadir la descripción que de él hacía su hijo en un evento conmemorativo del centenario de su nacimiento:
En 1941, el año crucial de la segunda guerra mundial y terminado ya en México el gobierno cardenista, ayudamos al Lic. Bassols en forma aún más comprometida: repartimos ejemplares y vendimos suscripciones de Combate, el periódico independiente que editaba la Liga de Acción Política (LAP) y mi padre dirigía. Los redactores y el mismo director de Combate participaban en la diaria labor de promover y controlar la venta del hebdomadario. Pero como el lenguaje del semanario era claro y directo, en el Senado de la República llegó en febrero de ese año a aprobarse una iniciativa en la cual literalmente se pedía su cabeza, por “dirigir la agitación” contra el gobierno de Ávila Camacho. A esta acusación Bassols contestó: “A sus órdenes, señores. Ha llegado la hora de probar si se respeta la libertad de expresión” (Bassols Batalla, 1997, p. 213).
En su autobiografía, José Revueltas señala que conoció “a Alfonso Caso cuando me inscribí a unos cursos de epistemología que él dictaba en San Ildefonso, yo estaba como oyente […] era un hombre avanzado, un buen maestro, un buen expositor” (Revueltas, 7, p. 574). Unos años antes, en 1916, el otro de los ilustres hermanos Caso (Antonio, el filósofo) dejó testimonio de que en su clase de lógica “el más distinguido” de sus alumnos fue Narciso Bassols. Hemos de ver ahora cómo sus itinerarios se cruzan. Ya ha sido destacado, en el género de ficción o en el ensayo biográfico, por Elena Poniatowska (2003 y 2013), que su primer marido el astrónomo Guillermo Haro y José Revueltas desarrollaron una fuerte amistad desde 1941, salían a repartir juntos el semanario Combate (el que, sin embargo, no completó siquiera un año de circulación), no importaba lo lejos que estuviera el pueblo a donde querían irradiar su mensaje político, pues ambos tenían simpatías y orbitaban políticamente alrededor de un cierto grupo de pensadores y militantes de izquierda, de la ya nombrada LAP, entre ellos, Narciso Bassols (el director editorial de Combate; su esposa Clementina Batalla era colaboradora y administraba la publicación). En ciertas crónicas, y correspondencia, Revueltas mismo recuerda, con mucho gusto, haber coincidido y disfrutado largamente de la plática con Narciso Bassols, “el jefe de la Liga de Acción Política” (Revueltas, 2015a, p. 24). De otra crónica se desprende que José Revueltas, en ese momento plenamente comprometido con la labor periodística, quizá pudo haber disfrutado aún más el viaje oceánico, con pausas en los puertos de Panamá, Guayaquil o El Callao, y el avistamiento del eclipse en Chiclayo, Perú (enero de 1944), de haber coincidido en el viaje con Guillermo Haro; sin embargo, quien encabezaba la Comisión Astronómica Mexicana fue Joaquín Gallo8 y sus colaboradores (¡entre ellos su hijo!), quien llevaba ya más de veinte años al frente del Instituto Astronómico Nacional y era aficionado a la “persecución” de esos fenómenos de la bóveda celeste (otros representantes del oficio periodístico y la escritura que viajaron con esa tarea fueron Fernando Benítez y Luis Spota). Guillermo Haro (un año mayor que Revueltas) sustituyó a Gallo en el cargo de director del Instituto de Astronomía de la UNAM, en Tacubaya, hasta 1948, y luego dirigió también el Instituto de Astronomía de Tonantzintla, en Puebla (1950), al que había acompañado en su creación, y que seguramente daba tema (“esa eternidad a través de los astros”, a decir de Blanqui) y observaciones que ofrecían fundamento a lo más avanzado de la ciencia moderna: asuntos de los que G. Haro habría platicado también profundamente con José Revueltas, y que nuestra escritora recrea en su novela (Poniatowska, 2003, pp. 153-189 y 279-293). Los caminos de Bassols y Revueltas volverían a coincidir en 1947, en la Mesa Redonda de los Marxistas Mexicanos, y en la fundación e integración al Partido Popular (1948), dirigido por Vicente Lombardo Toledano (VLT). José Revueltas le habría obsequiado un ejemplar de la primera edición de Los muros de agua a Vicente Lombardo Toledano, y ahí le firma una dedicatoria (febrero de 1942), donde le califica como “el gran jefe de la clase obrera”; sin embargo, luego de siete años en el Partido Popular (1948-1955), y ver que este no se erigió en el partido de la clase obrera, se derrumba ese espejismo lombardista y al año siguiente vuelve a solicitar su ingreso al PCM; Narciso Bassols, por su parte, falleció en 1959. Pero bien puede decirse que ahí se dio una peculiar coincidencia de personajes con juicio e ideas indeclinables, pues se ha rememorado que Bassols llegó a decir: “Soy revolucionario … de los que quizás estén solos hoy, mañana y siempre; mi temperamento probablemente no me permitirá tener... (influencia política) nunca; no sé callar lo que pienso” (Aguilar Monteverde, 1995, p. 272). Por eso era calificado como “el ministro de las renuncias”.9 Si ese era el papel jugado por aquel en cuanto a la cuestión de la responsabilidad estatal y el encargo público, José Revueltas pasó a cumplir un rol semejante en la cuestión de la estrategia política y la pertenencia partidaria, y bien podría decirse, y algunos lo han dicho, que era “un militante muy afecto a las expulsiones”.10
Otro elemento mencionado por Leopoldo Zea en el breve texto que ya hemos citado nos permite introducir otro elemento para ir cerrando este apartado. Zea, dos años mayor que José Revueltas (quien, recordemos, nació en 1914, el mismo año que Efraín Huerta y Octavio Paz), menciona que se pusieron en marcha varias conferencias sobre el ser y la cultura del mexicano, en las que se formó el grupo filosófico Hiperión; Revueltas fue invitado a dar una conferencia, lo que aceptó con mucho entusiasmo (Zea, 1992, p. XVIII). El material que preparó para esa conferencia se publicó en uno de los espacios editoriales (revista Filosofía y Letras) en que ese debate transcurrió, y ahí sostuvo una línea de interpretación muy peculiar, original, que pintaba su raya con las líneas dominantes de ese debate (más ligadas a la herencia filosófica de José Gaos o a la fenomenología). Encaró el tema en un doble sentido, primero desde un aspecto filosófico categorial, y luego desde una visión histórica y de la economía política, en ambos niveles desarrollando el enfoque del materialismo histórico: “tomar como punto de partida el análisis de las condiciones materiales de su existencia” (Revueltas, 1950, p. 259). Así, lo que ontológicamente se demarca al inicio, “la no realización de la conciencia nacional de las minorías idiomáticas … [antes detectados como pueblos indios, nacionalidades en sí mismas]… constituye … una de las antinomias básicas que obstruyen el camino para que el ser nacional del mexicano conquiste su absoluto posible”; y ya antes se había acotado que “por ‘absoluto posible’ … [se entendía, muy hegelianamente]… el punto donde la conciencia se realiza, y donde al realizarse se transforma de conciencia del ser en el ser mismo”. Esta dialéctica, y la posibilidad de romperla o superarla, se rastrea en términos de los efectos de la conquista y el mestizaje y luego con la nueva colonización que supone la irrupción del imperialismo, con sus consecuencias de explotación y dominio. Desde la ruptura del estatus colonial, con la lucha por la independencia, se vislumbra la posibilidad de “liberación de la nacionalidad mexicana” (Revueltas, 1950, p. 259). Este proceso se ha ido posponiendo u obstaculizando, al punto de enfrentar coyunturas en que México “estuvo a punto de desaparecer en 1847 y en 1862” (Revueltas, 1950, p. 273). Con las dos revoluciones sociales siguientes (el período de la Reforma y la revolución de inicio del siglo XX, de 1910 a 1917), pareciera anunciarse, para Revueltas, “el germen de la nueva nacionalidad” (Revueltas, 1950, p. 263), que ubicará, desde ahí y es lo que persiguió hasta el último de sus días, en las clases oprimidas,11 cuyo “retraso histórico” es relativo y le hace abrigar esa gran esperanza, un horizonte utópico potencial: “el mexicano no es un caso aparte en el panorama mundial … las conquistas de la ciencia y la cultura están al alcance de su mano … más aún … el mexicano puede añadir nuevas nociones y aportaciones nuevas a la cultura universal … [realizarse]… como ser nacional, dentro del ser universal del hombre, en el mundo socialista del mañana” (Revueltas, 1950, p. 273).
Ahí cobra pleno sentido que, en la reunión para festejar el ochenta aniversario (abril de 1951) del poeta Enrique González Martínez, la discusión continuase, según la anécdota del tercero de esa estirpe de poetas: “Rememoro con toda nitidez que Revueltas discutía apasionadamente en el hall de la casa, con Jorge Portilla y Emilio Uranga y no sé si alguno más de los hiperiones, acerca del marxismo y el existencialismo. Recuerdo incluso la frase lapidaria con la que, entre sardónico y provocador, Pepe dio término al debate: ‘lo que pasa con ustedes es que, aunque dicen haber leído a Hegel, no entienden nada de dialéctica’” (González Rojo, 2014, pp. 30-31).
Digresión sobre narrativa, cine, política y sociedad
A su regreso del viaje a Perú, en febrero de 1944, José Revueltas y otros militantes, antes expulsados con él del PCM fundarán el “Grupo Marxista Independiente El Insurgente”, iniciativa política y editorial desde la que se intentó una publicación periódica quincenal (El Insurgente, figurando como director el propio José Revueltas, revista de vida efímera, pues en la Obra Completa solo se indica que se inició en mayo de 1944, y “sólo se encontraron los tres primeros números”) (Revueltas, OR, 3, p. 190), y el sello de imprenta que colocó la primera y muy celebrada edición del volumen de cuentos Dios en la tierra (1944), volumen que contiene tres elementos editoriales singulares: como era costumbre en aquella época una nota de solapas, por la cual se daba el crédito correspondiente (en este caso, la elaboró Ricardo Cortez Tamayo), un bello trabajo de portada, muy en la línea del Taller de Gráfica Popular (TGP) (que había sido fundado por Leopoldo Méndez en 1937), y un prólogo a la obra escrito por José Mancisidor que ya no será incluido en ediciones posteriores, y que tampoco la obra completa de este último incluyó. Damos mención de este hecho y de las polémicas posteriores porque reflejan el clima de discusión y reyerta entre los comunistas o izquierdistas mexicanos de aquel período.
Era 1944, Mancisidor en su prólogo se desvive en elogios de la narrativa de Revueltas, que con ese volumen de cuentos lo reitera en su condición de ser una especie de “Dostoievski mexicano” que alumbra la nueva voz de la literatura mexicana. Sin embargo, una década después, en su libro Sobre literatura y filosofía, el mismo Mancisidor (1954, pp. 143-173)12 discute, sin citarlo, o mal citando, con un texto de Revueltas,13 y ahí se entrega a su reclamo que no es incomprensión sino cumplimiento de una tarea: la de desacreditar al que se ve como ex compañero de causa.14 Leopoldo Méndez y otros integrantes del TGP renuncian al PCM en 1946, y se volvieron a integrar, junto a Revueltas y otros en el Grupo Insurgente José Carlos Mariátegui, o simplemente Círculo Cultural El Insurgente. Como quiera que sea, en 1947, siendo convocados por Lombardo Toledano, reaparecerán acreditados como Grupo Marxista El Insurgente o solo Grupo El Insurgente en la “Mesa redonda de los marxistas mexicanos”, que se desarrolla nada menos que en la Sala de Conferencias del Palacio de Bellas Artes. En el caso de José Revueltas se seguirá reivindicando esa nominación al punto que la segunda edición de su obra Los muros de agua (1961) (y que integró la valiosa nota introductoria, que aclara muy bien su perspectiva estética-literaria) se publica, en una muy austera composición, por el sello “Editorial Los Insurgentes”.
José Revueltas ya se encontraba bien encumbrado dentro del campo literario mexicano, y desde el año de su primera expulsión del PCM (1943) su actividad principal de obtención de ingresos (como antes lo había sido el periodismo) se desplazó hacia la industria cinematográfica, para la elaboración de guiones o en la adaptación cinematográfica, su contribución ahí también fue muy significativa. De hecho, en esa combinación de las labores de novelista, periodista, guionista de medios audiovisuales, y con incursión en la dramaturgia, sus aportes solo pueden compararse con lo hecho por otros grandes exponentes de la literatura europea (Jean-Paul Sartre) o latinoamericana y caribeña (Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Vicente Leñero, o José Agustín); con la peculiaridad de que el suyo sería un trabajo pionero (en plena época de oro del cine mexicano), trabajando con los grandes actores, actrices, directores (Roberto Gavaldón, Luis Buñuel, Emilio El Indio Fernández), y cinefotógrafos (Gabriel Figueroa); y con más de tres décadas de relación con ese arte no le era ajeno ni desproporcionado el propósito de formular toda una teoría sobre la cuestión cinematográfica, y el deseo, irrealizado hasta el final de su vida, de haber filmado, de haber llegado a la experiencia de hacer cine. En efecto, 26 de sus adaptaciones llegaron a la pantalla, pero hay otras 30 que por diversas razones no se filmaron (Peredo-Narro, 2015). Por esa labor será que en parte de ese período (los años cincuenta y sesenta) se hizo más estrecha la confraternización con su hermana Rosaura Revueltas (ella misma orientada a la carrera artística, como bailarina, actriz de cine y teatro, esto último en la dramaturgia de Bertolt Brecht). Por último, hay que decir que Revueltas hizo política (que no proselitismo) también entre los cineastas, y por el cine realizó su segundo viaje a la URSS, en 1957, a la búsqueda de firmar acuerdos para producciones que finalmente no se realizaron, y en 1961 viajó a Cuba a impartir unas clases en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Volvió a la Isla en 1968 como jurado literario en el Premio Casa de Las Américas.
El vínculo con el cine se inició al intentar ofrecer el guion para una película autobiográfica de su hermano Silvestre, y ese aspecto afectivo también estuvo presente en su intención de preparar algunos guiones teniendo en la mira la posible actuación de su hermana. Hay ahí un aspecto interesante a señalar: Rosaura Revueltas en el libro autobiográfico de la familia destaca el fuerte impacto de la vida de sus abuelos y del tipo de vida de los trabajadores de la mina sobre su propia sensibilidad y valores éticos. La familia misma, en su raíz más profunda, procedía de un pueblo minero, razón por la cual ella detalla cómo hay ahí un vínculo muy especial: “he visitado algunas de las minas que existen en distintas partes del país … Será por todo esto, y porque mi abuelo fue minero, que he sentido un amor muy especial por los trabajadores de este gremio … creo que han sido y siguen siendo los más explotados en todas partes del mundo” (Revueltas R., 2014, p. 23). El impacto de estas experiencias opera, en su caso, como un catalizador, un influjo que ha de determinar su práctica (sentir, pues, toda la carga emotiva y espiritual del personaje), eso hace su especial resonancia en el papel protagónico que desempeñó en la película La sal de la tierra (1954), la cinta independiente dirigida por Herbert Biberman en plena época macartista, por la cual fue obstaculizada la continuación de su trayectoria. Según el testimonio de la actriz: “cada vez que su tiempo libre lo permitía, teníamos reuniones con los mineros en el local del sindicato, y esto nos ayudó mucho a propiciar el acercamiento y la comprensión entre cineastas y mineros […] Esta obra de arte, verdaderamente admirable, se debe a la conjunción de extraordinarios valores humanos y artísticos, surgidos de una lucha desesperada contra la represión y la injusticia” (Revueltas R., 2014, p. 189). La película es muy especial por varios aspectos, y con dos elementos fílmicos señala lo que ahora se califica como interseccionalidad, pues expresa el vínculo de la lucha obrera con el feminismo en los hogares de los obreros mismos; por otro lado, en una toma mínima (m. 49:21), un cartel que pone la palabra “genocide” en un panfleto hace un guiño, vincula esos procesos con la liquidación de las poblaciones originarias en el plazo largo, en la edificación de la nación estadounidense y, en el corto, por ser ahí un lugar muy próximo a donde se experimentaron las pruebas con Trinity y el Proyecto Manhattan para el desarrollo de la bomba atómica, que también cobró sus víctimas en esos territorios.
Esta breve reconstrucción de algún aspecto del “verosímil fílmico”, según el concepto de Galvano Della Volpe (1967), nos permite introducir otro aspecto de la propia teorización estética que irá avanzando el personaje principal de este estudio. José Revueltas, en su autobiografía, en una entrevista para la Cineteca Nacional, señaló una cuestión que abona a definir su modo o método de trabajo; acota que no escribió directamente para cine pues “no servía mi literatura para ello. Los textos y el material tienen un límite … [y, en una aproximación técnica señala,]… hace uno subproductos literarios que deben ser mejorados en la pantalla, el ejercicio del adaptador es muy distinto al del cuentista, o aun del argumentista […] En relación al mensaje político, lo inserto cuando la coyuntura se presta, porque tampoco hay que forzarlo” (Revueltas, OR, 7, pp. 579, 581). En este último aspecto (la relación entre el texto y sus materiales) que se ha citado, se puede hacer una conexión con aspectos filosóficos y literarios de la poética revueltiana.
Contemporáneo de Revueltas, el crítico literario francés Michel Zéraffa (29/01/1918-25/11/1985) sostenía en su estudio que “[l]a novela es el primer arte que significa al hombre de una manera explícitamente histórico social … Dentro de la modalidad narrativa novelística … la sociedad entra en la historia y esta, al mismo tiempo, la penetra” (Zéraffa, 1973, p. 17). Aunque la obra considerada para su estudio sea la pléyade de autores que impactan a la cultura occidental, eran también algunos de los nombres (Dostoievski, Balzac, Kafka, por mencionar algunos de ellos) que estaban en el repertorio que alimenta los profundos problemas que se hilan, entretejen y circulan por la prosa de Revueltas. Para los dogmáticos, “el arte … refleja los intereses, la situación y las contradicciones de la sociedad en que se produce y de la etapa histórica en que vive” (Revueltas, OR, 1, p. 192). Distanciado de este acogimiento mecánico del hecho artístico, Revueltas define su “posición esencial” a ese respecto en los siguientes términos: el movimiento interno de la novela (el movimiento real percibido, representado e imaginado por medio de los recursos de la literatura) es “diferente del movimiento exterior objetivo; diferente, distinto, otra forma de ser del todo-real de afuera … cada novela tiene su método y sus métodos … que se derivan … del material que se asuma y de la naturaleza específica de este material […] La novela maneja individuos, individualidades; no puede tomar a las masas, a las clases, a las sociedades, sino a través de los seres y cosas concretos y esto siempre dentro de sus contradicciones, su incertidumbre, su intencionalidad perpetuamente frustrada” (Revueltas, OR, 1, pp. 242-243). Si hasta aquí, en buen marxismo, se ha planteado la cuestión en términos de la lógica de producción; en sus reflexiones más tardías, propiamente en el Prólogo a los dos tomos que reúnen su Obra Literaria (1967) agregará planteamientos muy importantes respecto a la “realización”, por decirlo de algún modo (no en términos mercantiles o monetarios sino de universo o cosmos cultural), del objeto artístico, que para el caso de la narrativa, mostraría la maduración o no (o, en su defecto, hasta su deterioro y descomposición) del “lector genérico” (Revueltas, OL, 1967, p. 9), esto es, el paso o transición del lector tácito, inmediato o concreto, a algo así como una esfera pública, un cierto consenso, para la recepción de la obra, de una determinada obra que, en su caso, no pareciera haberlo encontrado, o no de modo oportuno. Nuestro autor vierte aquí, en este último elemento señalado, quizá sin citarlo, elementos semióticos bajtinianos, o proposiciones que, más tardíamente, bien pudieron haber sido acogidas o discutidas en los planteamientos sobre ‘la cuestión del lector’ por Ricardo Piglia (2005).
Revueltas rehuía por igual el encasillamiento de su obra como expresión del ‘realismo socialista’ (él sostendrá que practica otra cosa, más compleja aún), pero también distinguía entre los “hombres de letras” (los que operan como inmunizados ante “la zozobra humana del ser”, y a los que detestaba), y el hombre de palabras, porque en esto segundo hay compromiso y combate, de aquel que se entrega a la congoja de “asumir hasta el fondo la lucidez más completa de su conciencia: el destino de su ser y su saber, de su existir y su conocer, de su saberse y su existirse” (Revueltas, OL, 1967, p. 8). Y, en ese sentido no fue dubitativo al explicitar el alcance de su propuesta: “un realismo materialista y dialéctico que nadie ha intentado en México por la sencilla razón de que no hay escritores que al mismo tiempo sean dialéctico-materialistas […] A romper estas limitaciones que padece nuestra literatura es a lo que tiende mi trabajo literario, y a romper los moldes sociales que traban el desarrollo humano es a lo que tiende mi actividad de militante marxista-leninista” (Revueltas, OR, 1, p. 27). Por la dimensión de una tarea tal puesta a cuestas sea que tal fue, igualmente proporcional, el tamaño de su incomprensión o ensombrecimiento, de su dificultosa recepción por el campo literario (al menos en los días de su vida). Todavía cuesta aceptar, por ejemplo, que Emmanuel Carballo, en su volumen sobre Protagonistas de la literatura mexicana, con tantas reediciones, no haya incluido un capítulo sobre Revueltas.
Otras razones no encubiertas de su ‘posición esencial’ respecto al marxismo mexicano
A pregunta, corregida, de su entrevistadora (E. Poniatowska) respecto “a los pobres”: “no … dije ‘proteger’. Dije ‘estar de su lado’”; la respuesta fue: “siempre he estado del lado del proletariado, de la clase obrera, de los campesinos…” (Saínz, 1977, p. 17), y en el cómo estar de su lado antes ya había avanzado la ruta emprendida: “encontré el materialismo vulgar, luego el materialismo dialéctico socialista de Kautsky, hasta caer en el marxismo propiamente dicho” (p. 17). Esto querría decir, por lo que señalaremos más adelante, que este camino de esclarecimiento, hasta dar con Marx mismo, esto es, con el marxismo genuino, le llevó la década del treinta, y que al iniciar los años cuarenta, y él contar unos 26 o 27 años, ese nuevo horizonte de visibilidad estaría impactando enteramente sobre su persona y su creación y acción, o como se ha dicho, con gran precisión, en toda la “totalidad productora de sentido” (Escalante, 1979, p. 16) que Revueltas ha de representar de ahí en adelante.
En 1968, estando todavía en libertad, a semanas de que se desatara la matanza sobre el movimiento estudiantil de ese año, Revueltas vierte en una entrevista concedida a la lingüista venezolana María Josefina Tejera (hoy ya fallecida), una serie de planteamientos muy importantes en cuanto a su relación con el estudio de Marx; esa conversación debió pasar desapercibida, en su momento, por el hecho adicional de que se publicó en Caracas, Venezuela, y quizá si pudo llegar a conocerse fue porque casi una década después se incluyó en el volumen publicado por la Universidad Veracruzana (Saínz, 1977), aunque ahí no se dio detalle de la publicación original del documento. Lo que interesa recuperar es un elemento importantísimo; dice Revueltas: “Yo no hago sino seguir los principios de Marx expuestos particularmente en los escritos filosóficos anteriores a 1844, que fueron olvidados durante treinta o treinta y cinco años, donde está expuesta la teoría de la alienación. Se trató de extirpar estos escritos filosóficos de Marx, porque eran contrarios a la situación creada por Stalin. La alienación también existe en el mundo socialista … El hombre soviético también ha sufrido la alienación y los stalinistas ocultaron por mucho tiempo estos documentos … En México se editaron después de 1930, pero como fueron traducidos del alemán por trotskistas, los marxistas no los leían porque los consideraban falsificaciones” (Saínz, 1977, pp. 81-82). Revueltas fue reiterativo en el señalamiento de esta cuestión, y de su importancia, vuelve a ello ya estando fuera de Lecumberri, en 1972, y esto ha sido recuperado por Jorge Fuentes Morúa de otra entrevista que, extrañamente, no se encuentra en ninguna de las dos ediciones de las Conversaciones con José Revueltas (1977, 2001), en donde a preguntas de Rogelio Vizcaíno, el escritor duranguense afirma: “… en México podemos darnos el orgullo de que fue el primer país que editó los Manuscritos económicos del 44 de Marx, pero se nos prohibió leerlos porque era una edición trotskista, yo los leí desde entonces, pero nadie más, lo veían a uno con malos ojos si traía uno bajo el brazo los Manuscritos del 44” (citado en Fuentes, 2001, pp. 17-18).
Para dimensionar la importancia de lo que aquí señaló Revueltas, acceder en lengua castellana al Marx de los manuscritos de 1844, esto es, a una parte sustantiva del “joven Marx”, y trabajar desde ese acopio categorial y de la perspectiva del “humanismo marxista”, bien vale añadir un par de datos que ya no pudieron ser advertidos por Fuentes Morúa (quien falleció el 27 de diciembre de 2011).
La vida del más importante pensador marxista peruano, y también latinoamericano, se truncó muy pronto, apenas superó los 36 años; al igual que Mariátegui, el pensador a que nos referiremos enseguida también emprendió el viaje a Europa, y no lo hizo una sino tres veces: Aníbal Ponce realizó su primer viaje en 1926, luego de que hubiese fallecido su mentor José Ingenieros (24/04/1877-31/10/1925), el segundo en 1929, y el tercero entre fines de 1934 y principios de 1935, donde tiene oportunidad de llegar hasta la URSS. En medio de ese trajinar y por razones científicas, como han dicho sus biógrafos, Ponce pasó del positivismo al marxismo, y a la lectura de cierta obra de Marx, al que pudo acceder de modo más directo y bajo el prisma de ediciones en francés o en italiano, justo por dichos viajes. Cerradas sus cátedras en Buenos Aires desde 1936, y por una fuerte persecución política, Aníbal Ponce llegará a México (en pleno cardenismo) a comienzos de 1937, y en su poco más de un año de estancia en el país (su vida también fue corta, no alcanzó los 40 años y se truncó de manera trágica por el accidente automovilístico por cuya afectación de salud murió el 18 de mayo de 1938), desplegó su magisterio en la Universidad Obrera de México (que había sido recién fundada en 1936) y en la Universidad de Morelia, y también impartió conferencias en la UNAM. El accidente que le arrebató la vida le sorprendió de camino a cumplir el compromiso que el “maestro socialista” iba a honrar al presentar su conferencia (la última que hubiera dado, y que se sumó a su libro póstumo) (Ponce, 1938a), en el céntrico barrio universitario de la Ciudad de México, a la que había sido invitado por la Sociedad de Estudiantes Marxistas de la Escuela de Economía, y que iba a celebrarse el 5 de mayo de 1938, con motivo del CXX aniversario del nacimiento del revolucionario y filósofo de Tréveris. Y ahí es que introducimos el dato que queremos referir sobre “la cuestión Marx”: del material de esa conferencia, vertida en el libro póstumo de Ponce se colige la revisión de un bien informado material sobre el clásico, incluso el señalamiento de cuestiones que van más allá de la visión amplia de la militancia política, con la clara mención del Manifiesto Comunista y de cierta obra previa a éste (anterior, entonces, a 1847-1848), pero que se limita a señalar, por ejemplo, libros como La sagrada familia, o materiales fragmentarios vertidos en compilaciones, como la “Contribución a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel”, o hasta la misma tesis doctoral sobre Demócrito y Epicuro. Pero, por supuesto, no hay mención alguna de los materiales muy recientemente redescubiertos y que han de ser conocidos a la posteridad como los Manuscritos económico-filosóficos de 1844.
En esas condiciones se hallaba, entonces, en 1938, para el marxismo latinoamericano la recepción del joven Marx: pensadores o militantes se hallaban intentando prefigurar al personaje, pero asimilándole con ese hueco biobibliográfico de tanta importancia. Pero las cosas cambiarían para fines del año siguiente. Y es aquí donde podemos introducir a otro personaje, figura insigne de quienes emprendieron el exilio a estas tierras; nos apoyamos en datos vertidos en quizá la biografía más completa de José Gaos (Valero, 2015). Cuestiones extraídas de la correspondencia y de otros materiales permiten apreciar que el filósofo asturiano, que llegó a ser Rector de la Universidad Central de Madrid (hoy Complutense), aún antes de llegar a nuestro país, en carta del 21 de junio de 1937 al filósofo argentino Francisco Romero le insinúa que está “llegada la hora de pasar del periodo de las traducciones al de las publicaciones originales” (Valero, 2015, p. 312); sin embargo, con su llegada a México, el filósofo español transterrado seguirá combinando ambas funciones, y entre los proyectos que tenía para el año de 1939 hay uno muy importante, relacionado con el tema que estamos tratando. Se trataba de “una compilación de escritos que, con el título Marx y Engels. Filosofía y economía, estaba destinado a las prensas del Fondo de Cultura Económica (FCE). En el transcurso de 1939 cinco textos, en su mayoría anteriores a la «ruptura epistemológica» de la que habló tiempo después Louis Althusser, encontraron una variante española y sólo faltaba culminar la introducción que acompañaría el conjunto” (Valero, 2015, p. 312). Pero no fue solo la falta de tiempo para culminar esa extensa introducción (que, para finales de 1939, sumaba 80 páginas, un tercio del volumen previsto), que además le podría permitir soltar “cierta tradición de corte academicista y asumir una postura clara frente al marxismo, […que valoraba como un …] «creciente poder social y también intelectual en nuestro país»” (Valero, 2015, p. 312). Lo que impidió ver publicada esa selección, que hubiera también resultado útil a los marxistas mexicanos, fue otra razón de acierto editorial, justo la que posibilitó a José Revueltas (en una edición que fue, sin embargo, de un tiraje muy reducido) encontrar el camino para llegar al pensamiento del joven Marx mismo, y al tema de la enajenación. El episodio fue el siguiente, permítasenos citar in extenso:
[…] en ese mismo año la editorial América publicó Carlos Marx. Economía política y filosofía. Las firmas de Alicia Rühle-Gerstel —esposa de Otto Rühle, exiliado en México a raíz del ascenso nacionalsocialista— y de José Harari, un escritor argentino, acreditaban la traducción. «En un par de puntos esenciales —comentaba José Gaos a Daniel Cosío Villegas— siguen al traductor francés, cuyas soluciones he criticado alguna vez charlando con usted.» Pese a desaprobar la terminología empleada, el profesor admitía que «la publicación fastidia un tanto la nuestra», al sustraerle una parte importante de su novedad. No quedaba más remedio que replantear la propuesta original y sacar a la luz «una antología de todos los textos relativos al materialismo histórico procedentes de Marx en la época de fundación definitiva de su concepción» […compilación que tampoco llegó a ver la luz…]. Por un revés en la industria del libro, […señala muy bien, Aurelia Valero Pie…] la posibilidad de referirse a un “joven Marx” se hizo presente en el espacio hispanohablante hacia finales de los años treinta, es decir, décadas antes de que otro tanto sucediera en el medio académico francés (Valero, 2015, pp. 312-313).
Ahora volvamos al argumento principal ofrecido por Fuentes Morúa. Para este investigador del marxismo mexicano, y autor de una obra aún por recuperar, fue este particular elemento (“considerar la influencia de la filosofía de Marx en el pensamiento y la literatura de […Revueltas]”) (Fuentes, 2001, p. 9) la cuestión que ameritaba ser especialmente destacada, y en ello fue luego secundado por otros finos reconstructores de nuestra historia intelectual (Illades, 2018, p. 89). Fuentes Morúa se dio a la tarea de confirmar aquella mención revueltiana, que ya hemos citado, referente a la existencia de una edición mexicana de los manuscritos de Marx, posterior a 1930 (pues los mismos fueron difundidos desde Alemania, y primero en esa lengua, en 1932), y con lo que se corroboraría que él habría trabajado, en español, con esos manuscritos de economía y filosofía,15 uno de cuyos temas fundamentales es, por cierto, el correspondiente a la enajenación. Fuentes Morúa califica al inicio de su estudio esa publicación como “edición perdida” (Fuentes, 2001, p. 11), pero luego señala haber consultado el ejemplar mismo utilizado por Revueltas, que contaría incluso con sus anotaciones. Por nuestra parte, hemos dado con un ejemplar, pues la Dirección General de Bibliotecas de la UNAM lo reporta, aunque equívocamente en el año de publicación y en la mención de los traductores. En efecto, la Editorial América, antes de 1940 (1939, para ser más exactos) publicó desde México ese valioso material, e incluso alentó con su sello (cuya dirección postal era la céntrica calle de Donceles, 97) una Biblioteca Filosófica (en la que se incluye, con el número 6, y hemos podido consultar, por ejemplo, un pequeño libro monográfico sobre Leibniz, escrito por Maurice Halbwachs). Ese hallazgo le permitió a Fuentes Morúa ratificar su tesis: “Revueltas pudo comprender adecuadamente las tesis de Marx y usarlas como claves interpretativas tanto para las cuestiones literarias como para las políticas” (Fuentes, 2001, p. 12).
Revueltas, México y la llegada de expresiones de la izquierda radical
Fuentes Morúa registra que, para el caso de su obra política o filosófica, existe referencia por Revueltas de esa peculiar traducción desde los años de 1958 hasta su última etapa, pero añade además que algún ejemplar de lo traducido por Editorial América llegó hasta la ciudad capital de Chile, Santiago, y fue consultado por el dirigente político Clodomiro Almeyda (luego exiliado en México). Esto quizás no resulte casual pues por aquella época algunas traducciones de materiales alrededor del marxismo, editadas por Ercilla, llegaban con regularidad a México (y, entonces, no puede dudarse que, en reciprocidad, materiales editados aquí llegasen allá), pero por otra parte, fue en esa editorial santiaguina que uno de los relacionados indirectamente con esa traducción (nada menos que el esposo de la traductora), y que a la postre viviría en México, publicó su trabajo biográfico y de interpretación sobre Marx (Rühle, 1934).16 Antes de abandonar Alemania por la persecución política y el ascenso del fascismo, prominentes integrantes de las posiciones del comunismo de izquierdas o radicales sin partido (que constituían otra corriente de exilio paralela a la de los integrantes de la Escuela de Frankfurt, cuyo itinerario ha sido ampliamente estudiado) atravesaron el océano y llegaron a Norteamérica, fuese Estados Unidos o México; entre ellos se encontraba Otto Rühle (1874-1943), militante, de los principales, de la corriente espartaquista de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, quien antes de salir, y en el período de entreguerras, publicó no sólo para Die Jugend-Internationale (Internacional de la Juventud), sino que se ocupó de elaborar un trabajo extenso sobre Marx. La edición original de la biografía de Marx de Otto Rühle, en alemán, es de 1928,17 y fue pronto vertida al inglés (en 1929); el traductor y los editores de la pronta edición en castellano (1934) no consignan de cuál lengua tradujeron, pero lo que se desea destacar es que por obvias razones en ese trabajo no se da noticia ni se encuentra tratado nada referente a los Manuscritos de 1844, los cuales ya a mediados de los años treinta comienzan a ser discutidos por pensadores de la talla de G. Lukács, H. Marcuse y Karl Korsch, y que por tal razón (y por impulsos políticos de sustentar una posición crítica ya no digamos al stalinismo, como lo ha sostenido Revueltas, sino a la propia caída y oscurecimiento de las posiciones bolcheviques en la URSS, con las que venían discutiendo desde el comienzo de la guerra de 1914, sin caer ninguna de esas posiciones en la órbita del trotskismo), era prioritario para esa corriente (donde el matrimonio de los Rühle suele asociarse a corrientes denominadas ultraizquierdistas o del comunismo de los consejos, y que ya estando en México desarrollaron comunicación y amistad con Trotsky mismo)18 dar a conocer esas nuevas formulaciones filosóficas (redescubiertas) de Marx; de ahí que con ese objetivo o inspiración hayan desplegado su esfuerzo para que Editorial América19 (empresa editora cuyo titular, Rodrigo García Treviño, había abrazado la causa de Trotsky, y desde México disputaba a las editoriales más ligadas al PCM o a Lombardo Toledano y la Universidad Obrera, o a la hoy estatal FCE, la difusión del marxismo) pusiese pronto esa primicia editorial a disposición de los lectores en México.
Jorge Fuentes Morúa (2001, pp. 48-49) sugiere que fue por intermedio de su cuñado Walther Bodenstedt, el esposo de su hermana Rosaura, que José Revueltas haya estrechado relaciones con alguna gente del exilio antifascista o consejista alemán, próximos o provenientes del espartaquismo (de 1919-1921).20 Esos contactos, y que residiera su hermana allí, le facilitaron las cosas a Revueltas en su viaje por Alemania en 1957. Debe recordarse que desde 1938, y desde acá, se promovieron actividades de la Liga Pro-Cultura de Alemania (con la que el mismo Silvestre Revueltas, en su momento, se vinculó), y de 1941 hasta 1946 el grupo “Alemania Libre” (que articuló intelectuales alemanes y austriacos recién recibidos con otros que ya residían en México desde fines de los años veinte) sostuvo hasta su propia revista Freies Deutschland (Fuentes, 2001, pp. 46-51). Bajo el cardenismo, al amparo del programa de la “educación socialista”, Otto Rühle y su esposa pudieron colaborar en algunos proyectos para la SEP y la CNESIC21 y publicar incluso en la propia SEP o en alguna revista relacionada con el normalismo, El maestro rural, y allegarse de ese modo los recursos que les permitían sortear la difícil adaptación a nuestro país. Cuando el matrimonio (uno, pedagogo y conocedor de Marx; la otra, psicóloga y políglota) se vio afectado, al perder sus trabajos, la sensación de desamparo fue creciendo y otro tipo de aquejamiento se hizo presente:
El año … 1939 … no sólo […fue…] la pérdida de sus trabajos y el comienzo de una depresión, sino también la entrada del ejército alemán a Polonia y a Praga, y el inicio de la segunda guerra mundial. Sin duda, fue la constante incertidumbre acerca del paradero de sus parientes y amigos más cercanos uno de sus dolores más profundos; como consecuencia vino la pérdida de salud, de vitalidad, de interés por participar en diferentes grupos políticos (Jacinto, 2014, p. 228).
El mundo parecía obstinado en cerrarles la puerta; cuando llegó el momento en que fue definitiva la pérdida de medios para el sustento, en 1943, y Otto Rühle sufrió el deterioro de su salud, sin mucha mejoría, hasta el paro cardíaco, su esposa Alice Rühle-Gerstel decidió que era momento de quitarse la vida.
A pesar de que no mencione su papel en la difusión temprana de uno de los trabajos más importantes del llamado joven Marx, los Manuscritos de economía y filosofía de 1844, el más extenso e importante trabajo que se ha hecho, por Lizette Jacinto (2014), sobre el exilio del matrimonio Rühle y su estadía en México brinda datos muy útiles, y permite ofrecer otra mirada de aquella coyuntura en la que Revueltas vivió y militó. Este trabajo ya Jorge Fuentes Morúa no lo alcanzó a conocer, pero le hubiese ratificado en sus tesis, para apreciar cómo ese momento político (y el medio cultural también activado), que desató hasta trágicamente, en México, resoluciones de la crisis de entreguerras y la posguerra, desembocó en temas de la obra teórica de Revueltas, y le influyó poderosamente en dos de sus creaciones más significativas del período: El luto humano (1943) y Los días terrenales (1949). En ambas, Revueltas se reafirmó, como se sabe, en su crítica adelantada a su tiempo del fenómeno stalinista y “los procesos de Moscú”, por replicar de algún modo la deshumanización propia del despliegue del modo de producción capitalista. Exposición crítica que pudo elaborar, desde luego, desde el instrumental literario y que en los 15 años siguientes se sostuvo y transitó su obra ensayística (política y filosófica), pero en manuscritos que reposaron a la búsqueda de editor y que sólo póstumamente se pudieron conocer del modo que merecían.
Fue consecuente; su posición se mantuvo indeclinable y volvió a atravesar las páginas de otra de sus obras mayores, Los errores (1964). Luego de la muerte de Stalin (1953), el XX Congreso del PCUS (1956), y la reestructuración del régimen soviético que prometía Jrushchov, con un stalinismo de más baja intensidad que permitiese mayores grados de autonomía entre los comunistas mexicanos y de libertad entre los oficiantes de la crítica literaria, Revueltas, entonces, esperaba una recepción de su obra con más fortuna. Y quizá no fue tampoco tan bien comprendida, siendo que Revueltas (en su obra narrativa, y ahora con más ahínco en sus ensayos sobre la cuestión estética) alcanza a advertir que la máquina planetaria capitalista camina bien aceitada, y con el proceso de la crisis de los misiles de 1962 (grado summum, con la posible hecatombe nuclear, de la enajenación humana), el período de tormenta y catástrofe a que el mundo pareció precipitarse habría apenas comenzado.
En el material compilatorio de sus columnas de crónica cultural en periódicos y revistas que la editorial Era publicó de José Emilio Pacheco (Inventario, en 3 Tomos, 2017) se encuentran dos extensas reflexiones sobre José Revueltas; una de ellas es propiamente el material que obrará de Prólogo a Las evocaciones requeridas, el volumen que cerró, como Tomo 26, el ambicioso proyecto de sus Obras Completas. El otro material es también muy valioso: ahí José Emilio Pacheco destaca que “[e]l marxismo no fue para Revueltas una prestigiosa modalidad del I Ching que respondiera a toda duda e interrogación, sino un método crítico para problematizar todo, comenzando por él mismo” (Pacheco, 2017, Tomo I, p. 364). Una inscripción, por Pacheco, coincidente con el criterio que, para su Historia Intelectual del Marxismo, establece Carlos Illades al incluir al duranguense como un representante indiscutible del “marxismo crítico” producido y desplegado desde este país. La inclusión es no solo pertinente sino obligada, porque entrega una visión más amplia y documentada con respecto al criterio tan reductivo que han expresado otras plumas, como para limitarlo (el marxismo crítico mexicano) a dos representantes: como se desprende de una obra tan citada pero de un criterio tan efectista y muy academicista (Gandler, 2007), pues establece y considera solo a Bolívar Echeverría y Adolfo Sánchez Vázquez en ese selecto grupo, dos pensadores generosamente acogidos en dos momentos fascinantes de nuestra política de asilo y de acogimiento a la labor intelectual.
En el tiempo de Revueltas, que será la polvareda de base que ha quedado detrás cuando han entrado a la escena y emprendido sus recorridos los autores mencionados, este se quejaba y reclamaba amargamente: “En México no se ha radicado la teoría marxista de la realidad nacional por pereza mental, es un problema de incapacidad, de adaptación de un principio científico a una realidad que no se logra comprender; las contradicciones tienen que reducirse —desde el punto de vista del materialismo— para abarcar el movimiento y los procesos. Eso no lo han entendido” (Revueltas, OR, 7, p. 588). Y eso, como hemos visto, era lo que había intentado en sus aproximaciones sobre la labor del escritor, desde aquel texto de 1946 (que, al parecer, no fue incluido en sus Obras Completas) hasta sus reflexiones últimas sobre literatura y estética.
Suele celebrarse, por ejemplo, el reclamo que hubo de hacer en su primer libro en México Bolívar Echeverría, en cuanto a que no puede tenerse una teoría revolucionaria, sea en economía política o en filosofía que sea consecuente con Marx, o con una teoría social latinoamericana crítica, cuando éstas se apoyen en la operacionalización de su universo o marco categorial (ilustren su potencia) con ejemplos, datos o planteamientos de la sociología burguesa o convencional, o francamente positivista. Y ello lo apretó en una fórmula o sintagma muy socorrido: “La necesidad, para la teoría, de volverse teoría de la revolución y la necesidad, para la revolución, de ampliarse como revolución en la teoría…” (Echeverría, 1986, p. 41). De lo que se colige que, en Echeverría, pero también en Revueltas, se establece esa correlación de entender y amparar la cientificidad como criticidad. Desde aquella reflexión de mediados de los años cuarenta sobre el lugar del escritor, y en donde es claro que no por hacer novela de la revolución (como había toda una corriente de la época trabajando en ello), se hace una “novela revolucionaria” (Revueltas, 1946), y donde atisba su producción como la de un “realismo crítico”, hasta sus proposiciones maduras, que tratan de aportar a la “construcción de una estética orgánica y sistematizada” (Revueltas, OR, 7, p. 161), que hasta finales de los cincuenta no veía posible porque “nadie se había ocupado … de desarrollar las premisas contenidas en los trabajos de Marx y Engels, particularmente en los Escritos económico-filosóficos de 1844 y en La sagrada familia” (Ibid.). No hizo otra cosa en su quehacer como escritor, y en su autoproducción como sujeto que se fragua en la tentativa de la desenajenación posible; acuerpado o acompañado ahora de su acopio de lecturas (cita a Lefebvre, a Lukács, a Ernst Bloch, entre otros), vislumbra esa posibilidad: “[m]i única legitimidad reside en mi propio campo de trabajo, desde donde soy un lector de mi tiempo, a la vez que un participante activo de sus luchas: pienso su praxis, luego, la hago a la manera que me es dable hacerlo, tomadas en cuenta mis limitaciones personales y las limitaciones teóricas y políticas de mi propio país” (Revueltas, OR, 7, p. 142). Eso habría de poder desembocar, como hubiera deseado Revueltas y uno de sus más atentos lectores, y quizá discípulos, por fin, en “lograr una verdadera organización marxista” (Agustín, 1967, p. 623).
El núcleo del problema y el problema nuclear. Con el agravante del ascenso de las «nuevas derechas»
Este subapartado bien podríamos haberlo encabezado con otra expresión paradójica: de los misiles de la crítica hasta la crisis de los misiles, pues esa parece ser la gravedad del problema detectado en el desarrollo de los modelos societales, y de su confrontación y contradicción. Revueltas, en ese caso, tiene la ventaja de disponer de un mirador privilegiado, un horizonte de visibilidad más amplio, pues ha criticado a ambos sistemas, prácticamente desde antes del inicio de la Guerra Fría,22 respectivamente, con los atisbos y luego firme crítica de la degeneración burocrática stalinista y los procesos de Moscú; y con la crítica a la imposición deshumanizada y deshumanizante de la ciencia y la técnica al servicio del imperialismo y del capitalismo.
Visto el hecho capitalista en su largo plazo y como sistema no es sino la experiencia de la enajenación humana (del mundo del trabajo, desde el saber obrero y la cultura de gremios, o ahora del entero mundo del conocimiento, las tecnociencias y la inteligencia artificial); esto no significa que se carezca de historicidad (ya Marx distinguía entre el régimen del telar mecánico y el complejo maquínico: máquinas que producen máquinas), esto es, que vivimos en nuestra experiencia cotidiana e inmediata, como conciencia (en su pensar y en su hacer) irrealizada, como inmediatez enajenada; sin embargo, del hecho reconocido de que vivimos en la enajenación (que por reconocido es una primera manifestación de un intento por operar su negación), se impone que la distinción de ese contenido se opera en la mudanza de su forma, en la historicidad de esa forma. Seguimos viviendo en la enajenación y por eso se actualiza y reactualiza la desenajenación humana como proyecto, y el trabajo teórico de Revueltas continuamente nos interpela. Se está bajo el marco social enajenado y enajenante, pero siempre en uno históricamente configurado: no estamos ni bajo los barrotes sociales del predominio de la forma de antaño, pero tampoco de la que sobrevendrá (de otra forma tal vez multiplicada o reconfigurada, acelerada, de la enajenación); siempre obramos nuestras prácticas sociales de una forma históricamente determinada, diferente a como en otros períodos el contingente humano ha vivido y sobrevivido en otros momentos, coyunturas, épocas o ciclos. A esa característica o condición histórica es a la que apunta el señalamiento de José Revueltas en cuanto a “la tendencia trágica de la realidad objetiva” (Revueltas, OP, 1, p. 175). De ahí el enorme interés, la ocupación casi obsesiva en sus últimos años, por aclarar el estatus teórico, la naturaleza y el carácter de “la guerra nuclear”. Llegó a formulaciones muy precisas, aquí una pequeña perla:
La guerra nuclear de nuestro tiempo … ya no puede considerarse dentro de ninguna de las categorías de las guerras anteriores. La guerra atómica es el absoluto de la guerra, la guerra absoluta, la negación de la negación de la guerra con la guerra misma, que se expresa en el máximo exterminio posible de las fuerzas productivas de la sociedad humana […] La posesión de la bomba atómica representa la forma superior, la más elevada y absoluta que puede revestir la violencia organizada (Revueltas, OP, 1, pp. 186-187).
De ahí que, en el momento de su madurez intelectiva, y en la posible precipitación del máximo grado de conflicto, su objetivo parezca más mesurado, pero ahora suena innegociable: “la disyuntiva del mundo contemporáneo ha de decidirse entre guerra atómica o paz y no entre guerra atómica o socialismo” (p. 184). Revueltas, casi es ocioso repetirlo, se mueve en el marco histórico o bajo el régimen geopolítico de la “bipolaridad”, pero es interesantísimo que detecta el proceso histórico que les parece acercar a ambos subsistemas hasta desembocar hacia un proceso gigantesco y tal vez catastrófico de unificación, cuyas consecuencias serían monumentales; esa convivencia se da no porque no se cumplan sino porque operan tanto “la ley de tendencia del imperialismo” como una cierta “ley de tendencia del socialismo”, dando por resultado que “ni el imperialismo ha logrado abolir la libertad hasta su máximo extremo, del mismo modo en que el socialismo tampoco ha logrado implantarla” (p. 193), y eso le reitera en algo que ya había señalado en un documento algo anterior: “no nos engañemos … respecto a que la libertad tenga su refugio, su tierra de promisión, su paraíso terrenal, en uno de los dos campos en que nuestro planeta se encuentra dividido” (p. 190). Uno podría hoy, en momentos en que se vive, según se ha sostenido, una Segunda Guerra Fría, sustituir al protagonista de un campo o polo, y en su lugar poner a China, y lo dicho aquí no deja de ser pertinente; tampoco el argumento desde el que se derivaba esa previsión: “[e]n la confluencia de estos dos términos de la negación absoluta de lo humano, las contradicciones de clase y de regímenes sociales diferentes serían superadas, no en la síntesis más alta de una socialización universal de los instrumentos de producción, cosa ya imposible a tales alturas, sino … en su opuesto: la necesaria e inevitable socialización de los instrumentos destructivos” (p. 182).
Para nuestro autor la imposición de las características más pragmáticas de los sistemas de conocimiento, que también puede observarse como la imposición de los criterios más inescrupulosos de la razón instrumental, fueron propiciando esa perversa conversión de las fuerzas de la producción en sistemas organizados para la destrucción, y eso fue absorbiendo, subsumiendo también el subsistema de ciencias, haciendo realidad las más perturbadoras previsiones ya no digamos de “destrucción de la razón” (como diría Lukács), sino de conformación integral de sistemas de ciencias orientados a la destrucción, de apertura de un momento ya no creativo sino destructivo (hasta Schumpeter lo llegó a prever, y Samir Amin a criticar cuando sobre el mundo se impuso la sombra del “capitalismo senil”). Lo que recientemente hemos visto bajo la forma de colonialismo de ocupación, de limpieza étnica y de genocidio, operado desde el Estado sionista de Israel (en clara simbiosis con los intereses imperialistas de Occidente, pero especialmente de los Estados Unidos) sobre el sufriente humano llamado pueblo palestino (¡¡hoy todos hemos devenido palestinos!!), ilustra el alcance de estas prefiguraciones de Revueltas: los sistemas de control, la razón instrumental con objetivo de dominio, son características que identifican al proyecto de los grandes barones de las nuevas tecnologías y de los sistemas de comunicación entre objetos, del internet de las cosas, de sus ontologías y distopías, y de algún modo eran ya prefiguradas en observaciones como la siguiente, de tanta pertinencia: “[l]o útil tendrá entonces que alimentarse y sobrevivir a base de lo compulsivo, y la compulsión tratará a su vez de justificarse en vano con la utilidad: el fin excusa los medios, en esto consiste la moral de la compulsión […] una especie de autogénesis incesante de un monstruo universal del pensamiento triste y extraño, con un único y uniforme contenido, sin pluralidades ni contradicciones, pese a las antiguas apariencias de diversidad que pudieran haberse conservado en la superficie” (p. 182).
Es cierto que Revueltas no cita, porque no pudo llegar a conocerlo, el trabajo teórico, la reflexión sobre el problema de la técnica que fue desarrollado por Günther Anders, pero coincide en esbozar los perfiles de esa “era atómica” de la que fueron contemporáneos. De ahí que, en la intención de clarificación del significado de la época en que la humanidad ingresó en aquel momento y que todavía nos rige en cuanto arco problemático de complejas contradicciones, Revueltas sostenga, correctamente, que “no se ha meditado con el rigor y severidad que merece … la socialización universal de los instrumentos de destrucción” (Revueltas, OP, 1, p. 182). Lo que está ocurriendo a mediados de siglo, después del bombardeo a Hiroshima y Nagasaki, y de la crisis de los misiles en octubre de 1962 en el Mar Caribe, a ojos de Revueltas, es una “grave y peligrosa interpenetración de contrarios”, pero eso que está en la superficie se teje de modo más fino en los ‘talleres ocultos del capital’ (para traer a cuento la expresión de la filósofa Nancy Fraser), y ahí diríamos con Revueltas que “[e]l hilo que hilvana las diferentes etapas de dicha trayectoria está formado por la abolición de la democracia en la sociedad … por la dogmatización y esterilización de la filosofía; por el pragmatismo como norma de la ciencia; por la mediatización del arte y por la ausencia completa de libertad civil” (p. 194). Hoy que el mundo parece precipitarse al neofascismo y que los sistemas políticos son coto de caza de las agresivas “nuevas derechas”, no podríamos decir que la palabra de Revueltas no haya sido certera, oportuna y pertinente.
En su galería de personajes que es el libro Amor perdido, Carlos Monsiváis nos plantea este trazo: “… Revueltas … aún conserva sus confianzas inexorables que alterna con visiones desesperanzadas y agónicas del hombre, ‘ese ser erróneo’” (Monsiváis, 2007, p. 121). En efecto, esa visión no podría ser resultado sino de una consideración de la historia en que no rige ninguna teleología: no hay fundamento a la entrega voluntaria, ‘heroica’ de la o el militante porque en la suma de acontecimientos que se desdobla hacia el futuro (que ni es aritmética y tampoco lineal) no hay garantía o certeza de que en el horizonte nos espera inexorablemente una Icaria fascinante e incorruptible. En una nota (sin fecha), pero correspondiente a una libreta de apuntes, y luego de mencionar que está leyendo sobre filosofía, y de advertir que en su consideración “lo ‘alemán’ de la filosofía alemana no es otra cosa que su historicidad concreta en un momento, en una circunstancia y entre hombres dados” (Revueltas, OR, 7, p. 276), luego de eso, entonces, en esa meditación de mediados del siglo XX, propone que “[e]l hombre y la humanidad actual deben luchar por el comunismo; de eso no cabe duda. Pero el comunismo no tiene por qué quitarles ese género especial —particular y además dignificante y enaltecedor— de encontrarse siempre inquietos, llenos de intranquilidad, alertas, dudosos y siempre dispuestos a combatir por esa duda suprema que es, al mismo tiempo, su suprema razón de ser” (Ibid.). El único deber ser es el de la lucha, ni siquiera el de la libertad sino el de la lucha por la libertad, menos aún de un concepto hueco o vacío de democracia (“democracia bárbara”, como llegó a decir para el México que entraba a los años sesenta, y en el que él vivió y hasta sufrió hasta sus últimos días) sino el de la lucha por la democratización. Hoy, todavía, es el mundo que tenemos, y el horizonte de posibilidades en que la humanidad se dirime.